Por el mar corren las liebres

Es inusual que ella se encuentre en casa a esa hora de la mañana, más aún en plena campaña electoral. Doblada sobre la encimera de la cocina junto a la placa vitrocerámica, mira ensimismada la tarjeta de visita. Voy a darle diez minutos de cortesía y si no viene, me marcho. Parece, en cualquier caso, lista para salir. Lleva zapatos de tacón alto de ante azul oscuro impecables, a juego con el vestido sin mangas de colores marineros. Su aspecto es sobrio, más elegante que sensual. La melena corta, perfectamente teñida de rubio oscuro con mechas claras y peinada de peluquería y una gargantilla de pequeñas perlas cultivadas a tono con los pendientes, completan el cuadro que, de ninguna manera es casual.

El sonido del café al subir en la italiana parece despertarla. Se sirve una taza de solo sin azúcar y se sienta en la península a modo de barra, que separa o une -según se mire- la cocina con el salón. Posa la tarjeta en la mesa y toma el café a pequeños sorbos. Exactamente a la hora acordada, suena el timbre, casi se cae del taburete al levantarse para abrir. Va hacia la puerta colocándose la ropa y el pelo. Mira la tarjeta una última vez: Olivia Granetti. Secretaria general Asociación civil abuelas de la Plaza de Mayo. Al abrir la puerta, extiende la mano y saluda con una sonrisa:

-Olivia, es usted muy puntual- A primera vista le parece tranquila, pero al darle la mano, nota que la tiene fría y húmeda.

-No siempre, solo si la ocasión lo merece – La mujer sonríe, también nota un leve temblor en la voz, aunque ella pretende ser natural y casi lo parece- quiero agradecerle su amabilidad al recibirme.- Insiste en sonreír.

-Siéntese, le sirvo un café y dígame, por favor, lo que quiere, no tengo mucho tiempo…- Evita mirarle a los ojos y señala el otro taburete en la cocina. No quiere ser descortés, pero tampoco le apetece que la mujer se acomode más de la cuenta.

-Sí, sí, no os debés preocupar, no quiero importunar…Solo y sin azúcar, por favor- sin embargo, suspira hondo y parece que busque algo, mirando alrededor – Es bien chévere su casa, preciosos esos grabados.

-No entiendo su interés por verme, usted debe de saber que no soy partidaria de cuestiones de revanchismo histórico…- Comienza a exasperarle la actitud de la otra. La voz del general se cuela en sus pensamientos intempestivamente, nunca olvides el significado de tu nombre

-Por favor disculpe, es que es muy difícil para mí este encuentro, llevaba tanto tiempo esperando…ya dije que es personal lo que me…

-¿Y bien?- el café está aún caliente, solo tiene que servirlo en una taza. Se da cuenta de que está siendo cortante y que la mujer lo está pasando mal, pero le incomoda cada vez más su presencia y quiere acabar con aquello cuanto antes. Se queda de pié con la taza en la mano y la voz del general en los oídos, no olvides nunca Edith.

-Cuidado no se vaya a quemar

-Muchas gracias por el café- le dice amablemente mientras recibe la taza y empieza a beber a grandes tragos. Olivia es agradable, no es lógico que le moleste tanto, se dice, nada de esto es lógico.

-Perdone, pero me gustaría que fuera más clara. Odio jugar a las adivinanzas- Sigue sin sentarse.

-Bien, al grano entonces, ¿no le dicen así acá? – la mujer se levanta y hablan de pie, una frente a la otra.- Yo soy una de las cientos de niñas robadas durante la dictadura Argentina. ¿Le suena el asunto, verdad?

-Sí, claro, pero no tiene que ver conmigo…

-Puede que sea loca, y le pido disculpas si me equivoqué, pero al verla en televisión…me pareció que quizás…mi abuela dice que éramos gemelas, que cuando desaparecimos junto con mi madre…ya sé que es un poco loco, pero de verdad que al verla tuve que intentarlo. He traído documentos, fotos,…si quisiera verlos…- Olivia echa mano de una mochila grande de cuero oscuro que lleva consigo, pero ella le indica que no con la mano, parándole antes de que llegue a abrirla.

-No se lo tome a mal, entiendo lo que ha sufrido y por eso no se lo tengo en cuenta, pero está usted equivocada. Lo siento mucho pero tengo que dejarla, ya le dije que no dispongo de mucho tiempo.- Evita mirarle a los ojos, a la cara y eso que Olivia le está mirando directamente, buscando ese encuentro.

-Para mí no fue fácil, la vida te cambia por completo, el punto de vista, todo. Pienso siempre en esos juegos de madera de colores, con los que de niña construyes castillos, murallas, parecen sólidos, pero basta quitar una pieza de la base y enteros se desmoronan…- Las palabras de Olivia se le mezclan con las de su padre, el general, no olvides por qué te llamas Edith, nunca mires hacia atrás, siempre hacia el futuro. Le contó tantas veces la historia de la mujer de Lot, tanto le insistía en que se acordara de ella, que a veces tenía pesadillas en las que no se podía mover y seguía viva pero rígida, convertida en estatua de sal.

-Le acompaño hasta la puerta, no quiero ser grosera, pero tengo prisa y esto me parece una locura- No está dispuesta a alargar más la visita y se lo deja claro, señalando el camino de salida, educada pero firme.

-Bien, gracias por recibirme…en cualquier caso…- Dice Olivia, ya desde el rellano de la escalera. Ella cierra la puerta y va a buscar el bolso. Lo mejor será seguir con la campaña, volver a mi vida lo antes posible- Piensa mientras llama a sus colaboradores. Esto ha sido un equívoco, un incidente -se dice- he hecho lo que debía, recibir a esa pobre mujer. Nadie puede tacharme de insensible, tendré que acostumbrarme y buscar cómo hacer en estos casos. La popularidad tiene estos inconvenientes, todo el mundo te ve en la televisión.

Ahora queeee vamooos despacio, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras, tralará, vamos aaa contaaar mentiiiras…- Cantaba a gritos la canción, combatiendo al aire que entraba por la ventana abierta, en el coche con sus padres, cuando iban felices a la casa de veraneo en Navacerrada. Los veranos de su infancia aparecen resumidos a lo largo de ese viaje incluso hoy, y le salpica un poco de la alegría de esos días a pesar de estar en su autobús electoral. Esa banda sonora regresa amalgamada con el olor a gasóleo del viejo mercedes, las encinas, el cielo azul, la voz ronca de papá desafinando el tralará, muchos toros zainos, retintos y alguno alunarado, las jaras, la sonrisa satisfecha de mamá que nunca canta y el viento en la cara. Alguien sube el volumen de la radio y la voz del candidato rival se adueña del espacio, interrumpiendo su memoria.

-Sí, claro, reconozco que es una candidata muy fuerte y, sin duda, está en el mejor momento de su carrera…- Dice ese hombre al que se ve obligada a escuchar cada día valorando todas sus palabras, como un púgil vigila cada movimiento de su contrario en un cuadrilátero -…una meteórica carrera ¿no es verdad?, la pregunta es sí se debe a su vehemencia en los debates y a su dedicación o si es debido a la posición que le otorga su familia…- Continúa el otro, en su línea de siempre, lanzando una de cal sobre otra de arena. Este tipo de insinuaciones le irritan. A su familia, por supuesto que se lo debe todo, ella siente constantemente la mirada de su padre, el general, y es él el que está detrás de toda esa energía. Se sabe portadora de un testigo ancestral que, desde niña, le hicieron sentir y creer. En esa familia fuerte por los sólidos cimientos, las robustas raíces afincadas en la historia, han luchado cada vez que ha sido preciso para defender la España que muchos quisieran cargarse. Se sabe heredera orgullosa de esa tradición y, a pesar de no ser un hombre, ha tomado el relevo de dignidad familiar y patria que aparece en su código genético.-…representa, no lo puede negar, a esa vieja España conservadora y cerrada. No se dejen engañar por su juventud, es la nueva imagen de la España más retrógrada…

-¡Apaga eso, ése capullo ya tiene su titular!- Su jefe de gabinete obedece, aunque se nota el disgusto que le causa esa impulsividad que a veces le domina.

Al volver a casa por la noche, después de todo un día duro de mitines, reuniones y encuentros con empresarios y alcaldes del partido, la actividad frenética propia del momento; abre el buzón de manera automática. Junto a las habituales facturas y las cartas del banco, encuentra un sobre grande con una nota “Por favor, léalo y después haga lo que quiera”. No hay manera de apartar la rama, el árbol completo se interpone en el camino. Llega al apartamento con el sobre quemándole los dedos. Mientras se dice a sí misma que va a tirarlo a la basura en cuanto llegue, lo va abriendo con ansiedad y apenas puede esperar para ojear lo que hay dentro, solo son papeles. Entra en su cuarto y los esparce sobre la cama. Vuelve a la cocina, mete un tazón con leche en el microondas, pero regresa a la habitación sin que haya siquiera sonado el timbre de aviso; cuando suena, de hecho, ya no lo escucha y la leche se irá enfriando de nuevo, allí olvidada. Sentada en el borde de la cama empieza a mirar fotografías, certificados, recortes de prensa, partidas de nacimiento, transcripciones de interrogatorios policiales; un siniestro puzle sin instrucciones, que le va dibujando una imagen total según se sumerge en cada una de sus piezas. A medida que va leyendo, comparando fechas, mirando fotografías, crece la duda como una ventana abierta a la verdad y a las oscuridades de su infancia que nunca había querido iluminar. ¿Y yo a quién me parezco, mamá?, cuando yo nací ¿cuántos años tenías tú ?, quiero ser rubia como las primas, comentarios que nunca llegó a repetir en voz alta más de una vez, frenados por una respuesta silenciosa pero clara en los ojos de su madre. Pero aquel puzle resulta ser la hoguera dónde se van derritiendo todas sus certezas. Cuando una luz violeta comienza a iluminar las cortinas blancas de su cuarto, extenuada se deja caer estirándose en la cama, no puede dormir, ni siquiera quiere cerrar los ojos, solo dejar que pase el tiempo. Debe de transcurrir así un largo rato, porque la luz se va haciendo anaranjada y traspasa las cortinas derramándose sobre la cama, iluminándole la cara, hasta que le molesta en los ojos y decide levantarse.

Se toma la mañana libre, coge el coche y conduce hasta El Escorial, allí está la residencia especializada en la que vive su madre enferma de Alzheimer. Como siempre que va a verla, empuja la silla de ruedas hasta el jardín. Unas nubes de tormenta acucian el cielo de mayo, pero prefiere no enfrentarse a la situación en esa habitación que siempre le hace sentir culpable. Una vez en el jardín, se acomoda en un banco de piedra, no hay nadie cerca y coloca a su madre frente a ella, abrigando sus hombros y acariciándole las manos y la cara. La pregunta llega sin recovecos, la madre calla. Le cuenta los sucesos de los últimos días, recibe el silencio y la mirada perdida. Al momento empiezan a caer esas gotas gordas que presagian un torrente y le obligan a empujar la silla a toda prisa hacia el interior. En la habitación, deja a su madre sentada junto a la ventana pero, al abrir la puerta para marchar, escucha las palabras que la anciana susurra levemente:

– Nadie habló de una gemela.

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Fui ese niño

Quiere verle antes de morir, concluía la voz femenina, que se notaba incómoda por tener que hacer esa llamada. Debería de haber colgado sin acceder a una propuesta que, desde ese primer momento, le estaba pareciendo injusta, inapropiada, egoísta, peligrosa, pero no pudo hacerlo. Al contrario, le aseguraba a la angustiada voz desconocida, que en menos de una hora estaría en el hospital y así lo hizo. Ahora teme que al traspasar la puerta de esa habitación, en realidad estaba abandonando su vida, saliendo del hombre que había sido hasta ese momento, para entrar a formar parte de otra cosa, algo que aún no comprende, pero que incluso en ese momento, supo que no tenía marcha atrás.

El pitido del coche de detrás, le devuelve en un sobresalto al asiento del suyo, a sus dos manos agarrotadas sobre el volante, a recordarle que tiene que respirar y llenar los pulmones con un aire que le duele al extenderse por los costados, a la radio dando unas noticias que otra madrugada le hubieran interesado. Porque cada mañana él salía de casa creyendo ser una persona normal y  hubiera sido el tipo que pita al pirado de delante, ese que en medio de un atasco, se queda clavado cuando por fin los demás consiguen avanzar. Debo de oler a derrota, piensa, nadie hasta ahora se ha atrevido a gritarle ni a insultarle.

En muchas ocasiones ha escuchado aquello de que la vida te cambia en un minuto, pero lo consideraba una frase retórica. Siempre presumió de que, aún siendo un chico adoptado, no por eso tenía que sentirse diferente ni especial. Nunca ha querido buscar a sus padres biológicos. Sus padres son las personas que le han criado y punto, soltaba frases como estas, con un tono de cierta superioridad moral y emocional, sin pensar demasiado en cómo podían caer a los que las escuchaban.

Otro pitido, más intenso, más largo,  el conductor de detrás se está impacientando, seguro que piensa que le ha tocado el colgado de turno. Porque, aunque en un atasco no se avanza mucho, lo normal es querer ganar los metros que van quedando libres, lo entiende perfectamente, pero su cabeza se queda enganchada en pensamientos extraños y en sentimientos confusos que no sabe descifrar. Procura poner toda su atención en la marcha procesional de las hileras de luces rojas, en la información de los locutores y los comentarios de los tertulianos, respirar sin tener que obligarse a hacerlo, de manera automática, pero en su cabeza resuenan secuencias de sonidos que no le gustaría seguir, desde el sonido del teléfono de la llamada de aquella mañana y todo lo que ha venido después. Su primera reacción, a la desesperada, consistió en procurar ocultar lo sucedido y seguir como si nada, le pareció la última oportunidad de agarrarse a un pasado, que ahora se torna remoto. Tal vez, si nadie más se entera y todos siguen tratándome igual, aún tenga una oportunidad de seguir siendo el mismo, pensó en ese momento, que pueril le parece hoy.

La sirena se le echa encima, como las luces que entran en el automóvil, apártate imbécil, le grita el del coche de al lado con casi medio cuerpo fuera de la ventanilla, solo entonces, cae en la cuenta de que la ambulancia está esperando que se mueva para poder pasar.  Ha debido de haber un accidente,  apenas avanzan y el coche se convierte en una trampa sin salida. Los accidentes ocurren todos los días, gente que mata a otra gente, o que le jode la vida, sin haberlo planeado, sin querer, gente que jamás hubiese hecho aquello que lo provocó, de haber sabido que sería un error garrafal y que alguien o él mismo, lo pagaría caro, cambiando su vida y la de otros  para siempre.

Voy a llegar tarde, Gloria estará preocupada, piensa y busca el móvil, debe de estar en la mochila, pero no encuentra ni la mochila, ni el teléfono, es posible que lo dejase en el asiento de detrás, con dificultad palpa el asiento con los dos brazos extendidos en una postura absurda e incómoda, apenas puede ver dentro del coche y no encuentra lo que busca. De nuevo el pitido del coche que le persigue, es tan brusco que del respingo se pega un golpe en la cabeza. Vuelve al volante y trata de conducir, a pesar de que en realidad la procesión de luces apenas ha avanzado unos metros. Por el espejo retrovisor mira al del claxon impertinente, es un hombre y le ve mover la boca, parece que le está gritando a él, tal vez le insulta, como si fuera el culpable del accidente.  Nadie es culpable, eso fue lo que dijo Gloria mirándole a los ojos, antes de que se fuera de casa dando un portazo, ahora pensará que no quiere volver, que sigue enfadado y no puede hacer nada para tranquilizarla.

Hay palabras como dardos envenenados, esa frase hecha se le instaló en la cabeza durante días, como si de repente la escuchara por primera vez y la hubieran inventado para él. También hay silencios tramposos que esconden sin ocultar, como los niños tras las cortinas. Ella le conoce bien, de hecho sus intentos por ocultar lo ocurrido, fueron inútiles.

-Puedes explicarme qué te está pasando, Julio, llevas una semana como si te hubieran poseído.- Se quedó callada y con la mirada extraviada, los silencios de Gloria son más intensos que sus palabras.

-¿Cómo si me hubieran poseído?- Mas que una pregunta a ella, era una pregunta a sí mismo. Ella afirmaba con la cabeza en silencio sin dejar de mirarle, esperando.-  Está bien. El lunes recibí una llamada de una mujer, resultó ser la esposa de mi padre biológico, no era mi madre, y me dijo que él estaba en el hospital muy mal y quería verme antes de morir. No fui capaz de negarme y desde el lunes no paro de preguntarme si no hubiera sido mejor no haberlo hecho.- Gloria estaba perpleja, pero también parecía aliviada.

-¿Tú padre?- preguntó finalmente, se levantó y fue hacia la cocina, de donde regresó con dos cervezas, se lo agradeció y bebieron en silencio durante un siglo, hasta que se decidió a continuar- Llegué obligado por la situación, sin pensar en lo que podría suponerme. Su mujer y sus hijos me recibieron con amabilidad, parecían buena gente. Está muy mal, me dijeron como si a mí me importase, pero a mí no me importaba, solo estaba muy arrepentido de estar allí. El encuentro fue muy corto, no tenía fuerzas para mucho, me dijeron. Entré yo solo, te juro que alguien me empujó, porque yo solo quería darme la vuelta y salir corriendo. Ese encuentro, no puedo explicarte lo que ni siquiera yo mismo entiendo, pero se me ha quedado clavado como una espina de pescado en la garganta. Ese hombre ha muerto y yo tengo la idea de que se ha llevado con él varias piezas del puzle de mi vida, que ahora me faltan. He intentado seguir con normalidad, pero ha sido inútil, nada, ni siquiera lo más sencillo y cotidiano, conducir, correr, trabajar, ocurre con normalidad desde ese día.

-¿Has hablado con tu madre?

-Si, ella no sabe nada. La información que le dieron al adoptarme fue la justa. Al parecer, los padres biológicos querían expresamente que fuera así, ¿entiendes? Eso ha contribuido a hacerme pensar que hay algo oculto en mi vida, que yo debería de saber…- escucha a lo lejos pitar de nuevo con insistencia, pero no hace caso, atrapado en sus recuerdos. Sujeta la cabeza entre los brazos, sobre el volante, es urgente poner en orden las palabras, los sucesos y sus sentimientos, que espere la impaciencia ajena.

-¿De verdad? ¿Estas seguro de que eso es lo mejor?, acaso no has tenido una buena vida sin saberlo. ¿Qué ha cambiado? Eres el mismo que hace dos semanas, te estás obsesionando inútilmente. Un hombre moribundo te llama para despedirse de ti, tú eras su hijo perdido, lo que tu significas para él, no es lo mismo que lo que él significa para ti…es lógico que estés impresionado, pero no deberías de obsesionarte.

-Te aseguro que había algo más. Él quería saber si yo recordaba algo, me pidió disculpas, incluso, y me dijo ” ahora estoy seguro de que hice lo mejor, gracias por venir”. ¿Qué era lo que aquel hombre no quería que yo recordase?, no paro de preguntármelo. Lo peor es que de alguna manera esos recuerdos viven en mí…

-Ahí lo tienes, él pensaba que eran malos para ti, le alivió que no los tuvieras ¿no es eso lo que acabas de decir?

Ninguno de los dos se dijo más, cada uno por su lado siguieron buscando, para ir a parar al mismo lugar, solo que ella llegó primero. Su padre tenía un hermano y allí encontraron la clave. Ahora piensa que Gloria es estupenda, ¿cómo puedo ser tan bruto?, desde ese día, lo único que ha intentado ha sido ayudarme. Toda la noche ha tratado de explicármelo y yo, ahí enrocado en un cabreo sordo que no le correspondía a ella. No hay nada más frustrante que estar muy enfadado y no poder culpar a alguien concreto. Nadie tiene la culpa, todo ha sido un accidente, solo quería protegerte, ayudarte, para mí era más sencillo encontrar la verdad y digerirla. Te aseguro que pensaba hablar contigo, solo estaba esperando un poco, viendo a ver cómo ibas evolucionando, aunque Gloria parecía sincera y agobiada, él no ha querido escucharla, solo quería gritar, no a ella, pero era a ella a quién gritaba. Solo podía recordar la cara de ese extraño, cuyos rasgos le resultaban familiares, cuando logró encontrarle y hablar con él y le dijo, habla con tu mujer, ella te contará todo, eso será lo mejor.

El golpe no es muy fuerte, pero le encuentra distraído y casi se traga el volante, cuidado hombre, le dice desde el retrovisor, pero el otro mirándole fijamente la emprende de nuevo y le arrea por detrás, no muy fuerte, como empujando. Nota que un tsunami de rabia le invade el pecho y la cara. ¡Ya está bien! A ver quién es el pirado aquí, como salga del coche se va a enterar. Esto no es un accidente, un accidente, gilipollas, es que un niño de tres años aplaste a su hermano pequeño al caer al agua, un accidente es que un día de verano se convierta en la tragedia de una familia, lo que tú haces, hijo de puta, se llama mala leche. ¿Tienes prisa?, ¿no ves que estás en un atasco y hay que aguantar y esperar? Le grita desde el espejo. Pero el hombre baja del coche y se dirige hacia él, con parsimonia terrible, no es muy grande, yo sí, piensa, que no se acerque que lo mato, pero sí se acerca y el puñetazo en la mejilla le duele menos que cuando le agarra por el cuello y, solo cuando rompe a llorar, le suelta de golpe las solapas de la chaqueta y le deja caer en el asiento de su coche. ¿Se puede saber qué haces, memo? el atasco ya no está, piensas quedarte aquí clavado,… Mira a su alrededor y, efectivamente los coches a ambos lados de dónde están parados, avanzan aunque sea a un ritmo lento. Está amaneciendo y la luz del sol le deslumbra, el hombre aprovecha para darle un empujón y cerrar la puerta de  automóvil y vuelve al suyo, dejándole allí llorando. El móvil suena y, siguiendo el sonido, por fin es capaz de encontrarlo.

-Sí, Gloria, vuelvo a casa, no te preocupes, ahora hablamos, tranquilízate es que estaba atrapado en un atasco.

Alondra

En esta ocasión os ofrezco un cuento y una foto prestados por una gran amiga muy querida.

Antonio Moreno, obrero de la construcción, se sorprendió cuando despertó con un par de alas incipientes en su espalda. Si bien no recordaba haberlas notado antes, lo que realmente le sorprendió fue despertarse encima del andamio. A menudo había pensado en lo agradable que sería contemplar una puesta de sol allí, en lo alto de la obra, por encima de los edificios circundantes, lejos del ruido del tráfico, arrullado por el griterío de la persecución inútil de los vencejos. Su naturaleza sensata no le permitió, ni una sola vez, planteárselo en serio.
Hoy, que los apéndices dorsales se desplegaban a voluntad, discurrió que quizás no fuese tan imprudente como había supuesto. Imprudente sin duda hubiese sido moverse por el andamio a esa altura, sin casco y arnés, careciendo de tan valiosas extremidades. Ahora poseía dos espléndidas alas, de las que nunca se habían percatado ni él ni sus compañeros de obra, seguramente porque nunca había sentido como ahora tan perentoria necesidad de quitarse la camiseta y dejar que el calorcillo del sol le penetrase la piel. Dejar caer junto con la camiseta, esa roña que los días en la obra le iban pegando en la piel, sin aliviarle el pesar de no llegar con los pagos de las letras del piso, de haber renunciado a ese cochecillo de ocasión con el que soñaba su señora, para aproximar el pueblo a la ilusión de un veraneo.
Lo único que le desconcertaba, invadiéndole de inseguridad, era la presencia de Miguel, ese joven irresponsable incorporado a la cuadrilla por parentesco con el capataz. No es que fuera mala gente, no, es que se tomaba las cosas con poco respeto. Bebía antes de acabar la jornada, una, dos, hasta tres cervezas, dos chupitos después de comer y algunos lunes, bien lo sabían todos, se presentaba de corrido tras un largo fin de semana en garitos, vaya usted a saber de qué clase. Una fiesta es lo que tú necesitas, Antonio, y yo te lo puedo conseguir, le decía en sus múltiples visitas al wáter de las que volvía como nuevo entre risitas. De verdad, que te consigo unos puntitos y ya verás que saltos pegas, Antonio, que estás muy amuermao, ¡joder! Y se los ofreció junto al botellín de agua.
Y ahora que tenía sus “mágicos puntitos” en la espalda, que se sentía libre para acompañar a los vencejos fuera del andamio, que había parado su cabeza de hacer cuentas que no cuadraban para devolver el préstamo a su cuñado, que entendía el verdadero significado de ser un alondra, ahora Miguel se empeñaba en sujetarle gritando, Antonio, por dios que me buscas la ruina.
Pero esta nueva seguridad que le daban sus flamantes alas se extendía a todo su carácter y el jovenzuelo de mierda no le iba a estropear su vuelo, el gran vuelo, el único vuelo de su vida. Con un golpe seco del brazo, logró soltarse de las manos de Miguel y lanzarse al vacío, al mismo tiempo que sintió como sus alas agitaban el aire haciéndole remontar durante un segundo y hacer un picado después mientras, allá arriba, Miguel gritaba ¡Cago en la hostia, puto ácido!

Mª Jesús Gómez

Al otro lado de la luna

La dureza del cuchillo en la palma de la mano al empujar, la tierra que se le va metiendo entre las uñas, incluso algún pequeño corte provocado por una lasca de concha: detesta limpiar mejillones. En estos dos años, Liliana se ha acostumbrado prácticamente a todo lo que le exigen hacer en su trabajo, pero lo de limpiar mejillones le pone furiosa, es que no consigue entender el gusto que le tienen los señores. Para llegar a saborear el bicho naranja, hay que desprenderse con dificultad de todo lo que arrastra con él, y ¡ojo! lo bien pegado que está. Mientras restriega con fuerza para dejar la concha negra y limpia, en la radio suena bajito una versión extraña de ese famoso bolero “Voy a mojarme los labios con agua bendita, para lavar los besos que una vez me diera tu boca maldita”. Cuando por fin termina, seca con la bayeta las últimas gotas de agua de la encimera. Se queda mirando el suelo, los muebles, la placa, que ha dejado impecables, como le gustan a la Señora Marta. También a ella le gustaba tener su casa limpia, en Guayaquil, pero por mucho que se hubiera esforzado, nunca habría logrado el impacto que provocaba aquella cocina nueva y tan moderna, tan cara. Si piensa en su casa la ve vacía, con un dedo de polvo en los pocos muebles, lo prefiere así a imaginarla ocupada por seres sin rostro. Corta un pedazo del rollo de papel y se lo pasa por la cara, sale negro, se le ha esparcido el maquillaje con las lágrimas “mil veces prefiero estar ciego que volver a verte” Son casi las tres y debe de darse prisa o su aspecto le delatará y tendrá que encontrar respuestas para las amables preguntas, que seguro, le formulará la Señora. Está terminando cuando escucha la llave en la puerta y los ruidos que van dando vida a la casa al entrar sus habitantes reales, ella lo siente así, cuando está sola le parece que la casa es un muestrario de una tienda de muebles caros. Tiene el tiempo preciso para apagar la radio, limpiarse y acudir a la llamada de su jefa. No está sola, con ella aparecen también sus padres. La madre es casi tan alta, esbelta y elegante como la Señora Marta, que empuja la silla de ruedas en la que desplazan al señor Don Alfonso. Liliana se apresura a recoger los bolsos y, enseguida, pasa a ocuparse de la silla de ruedas y su ocupante, las dos mujeres le saludan levemente y se retiran hacia el despacho charlando entre ellas. Mientras empuja la silla, habla con el Señor Don Alfonso, nadie más lo hace, pero a ella le parece que no hablarle, es como si no le tratase como a un ser humano. El hombre no responde a sus preguntas ¿Qué tal se encuentra hoy, Don Alfonso? ¿Empieza a hacer frío en la calle? ¡Qué bonito día!, pero, de vez en cuando, suelta una frase cazada al azar desde su mundo interior y la lanza sin perder su ensimismamiento, él pronuncia con dificultad y más difícil aún es entenderle, pero Liliana pone mucha atención a las frases de Don Alfonso. Está convencida de que hay algún mensaje revelador en ellas. Por ejemplo, “flores secas para la novia” dijo un jueves y Liliana entendió claramente que la boda de su amiga Cintia, ese mismo sábado, sería un desastre. Mientras procuraba que el Señor se comiera los bizcochos mojados en café con leche, permaneció bien atenta porque necesitaba, más que nunca, una de sus frases. Pero él, terco, mantuvo la boca muda, incluso mientras lo lavaba y peinaba, empapándole con agua de colonia los ralos cabellos blancos. Nunca le había gustado el silencio, pero ahora no lo soportaba porque le obligaba a escuchar el risc- risc de ese roedor diminuto pero voraz, que se le había metido en las entrañas y se le estaba comiendo por dentro de a poquitos. Arrastraba ese silencio cuando tuvo que aguantar la mirada a la Señora, mientras le recriminaba, señalando con un dedo la pantalla del ordenador , lo que parecía ser una prueba evidente de una llamada a su país de hacía una semana.

-No quiero reñirle, Liliana, es la primera vez y seguro que fue por una buena razón pero…

-Yo, Señora mire es que…

-No, de ninguna manera, no le pido que me diga, no hace falta que me cuente sus razones, solo le pido que esto no se vuelva a repetir. ¿No hemos arreglado acaso sus papeles? ¿No le he ayudado para que pueda traer a su hijo? Por dios, Liliana, lo que me molesta es que lo haya hecho así, a escondidas- Quisiera explicarle, más por contarle a alguien lo que le está pasando que por justificarse, pero la Señora Marta no para de hablar con ese tono bien modulado y sus palabras amables, pero que son como el viento helado del invierno de Madrid, que se le mete entre la ropa dejándole tiritando.

– Hágame caso, mujer, mire aquí en la pantalla…- Le está intentando enseñar algo en el ordenador, y ella asiente procurando que no se le note que, para ella, todo eso no significa nada- Es genial, ¿a qué si? Puede hablar con quién quiera y verle por la pantalla y además es gratis, solo tiene que decirme que lo necesita, para una urgencia se entiende- Liliana asiente mecánicamente y se mira el reloj apurada, la Señora lo mira también- Vaya si son ya las cuatro y media, marche, marche a por los niños, no llegue tarde…

Se apresura a salir de la habitación y, mientras se peina, imagina que pudiera ver la cara de su hijo y hablar con él, pero eso le parece imposible. Ni siquiera ha podido hablar con él por teléfono, desde hace semanas. Al pasar por delante del despacho, aún alcanza a escuchar a la Señora madre de Doña Marta -…Eres demasiado buena, deberías descontárselo del sueldo. Qué te crees, ésta te dejará colgada el día que le venga bien irse a su país, son todas iguales…

No quiere escuchar más, sale casi corriendo a buscar a los niños, cuando llega a la verja de entrada al colegio, el corazón le estalla en el pecho y un sabor amargo le inunda la boca. Le gusta quedarse parada en medio de la cascada de niños de diferentes edades, como un tronco en medio del río. Juega a buscar entre ellos, una cara parecida a la de su hijo, siempre lo hace, pero son todos demasiado blancos, casi transparentes. Todas las noches, se duerme mirando las fotos que le envía su madre, porque crece muy deprisa y en su memoria ya no consigue amarrarle. Jaime y Manuela por poco le tiran, chocando contra ella y agarrándole de las piernas en un abrazo- ¿Nos llevas al parque?, porfa, Lili, porfa, porfa. No le ha dicho nada a la Señora, ni ha traído la merienda, pero les dice que sí y que además les va a comprar un bollo en el chino. Entre los columpios, los niños encuentran amigos con los que jugar y ella se sienta en el banco más cercano para no perderles de vista, son tan pequeños y, sin embargo, son mayores que su hijo.

-Tú eras el padre y yo la madre- Manuela es la mayor y organiza el juego

-¿Y yo?- Jaime no quiere que le excluyan

-Pues el hijo, quién vas a ser y bájate del columpio que te vas a caer

-Es que estoy solo y me aburro

-Estás en tu habitación y tienes muchos juguetes, papá y mamá están trabajando. Yo soy una astronauta y voy a la luna y, cuando se pueda, vosotros también venís a vivir a la luna conmigo

-En la luna no se puede vivir

-Si se puede

-No se puede

-Por qué todo el tiempo tienen que discutir. O juegan tranquilos o nos vamos a la casa

-¿A qué en la luna no se puede vivir Lili?

-Se puede vivir dónde uno quiera, que para eso están jugando

-Pues yo a la luna no me voy, que a mí me gusta vivir aquí

-No se preocupe, si usted no va a la luna, ella volverá, qué otra cosa puede hacer – los niños no le escuchan, siguen discutiendo, pero ahora porque Manuela quiere que Jaime se baje del columpio para que sea la nave espacial.

No le gustan las discusiones, siempre hay alguien que pierde y alguien que tiene la sartén por el mango. Risc-risc ahí sigue, se pregunta si podrá vivir si se queda vacía por dentro como una vaina hueca o si le será posible llenarse de nuevo. No ha podido convencer al padre de su hijo, sus palabras llegaban envenenadas y se le metieron dentro agarrándole tan fuerte que ya no le han vuelto a soltar. Él fue tajante cuando dijo no. Ha cambiado de planes, de opinión y, sobre todo, de novia. ¿Y el dinero que os he enviado para los pasajes?, ¿y los papeles?, ¿y nuestros planes? Sus preguntas se quedan colgando en un espacio invisible junto con sus sueños. Invisible se siente ella para los niños que juegan y se permite no controlar el dolor durante un leve momento, hasta que los brazos de Manuela le aprietan tan fuerte que casi le ahogan. Tenemos que regresar a casa, dice Liliana, las lágrimas se le secan solas por el camino.

Afortunadamente no tiene que cenar mejillones, prepara tortillas a la francesa y unas empanadas de tomate frito y atún, para los niños, el Sr. D. Alfonso y también para ella. Cenan los cuatro en la cocina, los niños discuten sobre qué mascota quieren tener, Manuela quiere una cobaya, pero Jaime insiste en que sea un loro. En medio de la mesa de la cocina está la hucha con forma de cerdito, los niños cuentan el dinero cada noche.

-Tienen para los dos y para mucho más, no se preocupen, el problema va a ser convencer a su madre que no quiere animales en la casa.

-Cuándo venga tu hijito ¿va a vivir aquí con nosotros?- Jaime juega con los trozos de pera pelada que le ha puesto Lili delante.

-No tonto, se irán a otra casa a vivir- Manuela ya ha terminado y se está tomando un vaso de leche templada.

-Entonces cuando venga tu hijo, ¿nos vas a dejar de querer?

-No se preocupen que de momento él no puede venir- Liliana se afana y recoge sin parar de moverse por la cocina, no quiere que los niños vean sus ojos.

-Hay que comprarle otras alas- Las palabras del Sr. D. Alfonso suenan como un chirrido agrio y los niños se asustan al oír a su abuelo, Lili se queda parada, qué querrá decir, unas alas serían un buen regalo, lástima que no se puedan comprar. El abuelo a veces desvaría.

-No estés triste Lili, seguro que viene ya lo verás- Manuela da un beso al abuelo, otro a ella y arrastra a su hermano fuera de la cocina sin que haga falta que les diga nada.

En una sola maleta le cabe todo, ha ido metiendo con cuidado y muy doblado aquello que se niega a dejar en Madrid. Lo demás la Señora probablemente lo tire a la basura con rabia, lo entiende. Lo último que coloca es un muñeco de peluche para James, un oso de pelo revuelto y tostado, con la tripa hinchada y los brazos largos. Al cerrar la maleta le acucia una duda, ¿será apropiado o es ya demasiado mayor con cuatro años para un peluche? Procura moverse sin hacer ruido. No le gusta la casa a oscuras, cuando todos duermen. Si sale de la pequeña habitación del servicio, se siente intrusa y descuidera. Ella no es así, tampoco es una desagradecida, una punzada en el pecho le recuerda que eso es lo que ellos pensarán y no querrán saber más de ella. Lo peor han sido las últimas semanas, desde que tomó la decisión. Encontró el cerdito bajo su almohada al acostarse, podría haber seguido su primer impulso y haber ido corriendo a la habitación de los niños a abrazarles y devolvérselo. No debería haber abierto la hucha, la cantidad de dinero que tenía le volvió a parecer increíble, ¿cómo es posible que dos críos tengan tanto dinero? ni siquiera necesitó coger todo, a lo mejor los padres no se dan cuenta, los pequeños no les dirían nada. En cualquier caso, ella se lo devolverá en cuanto pueda, se lo enviará con una carta explicándoles todo, para que lo entiendan, y lo entenderán, eso quiere pensar. También les ha dejado bajo la almohada un recuerdo a cada uno. Les va a echar de menos, pero más aún le van a faltar todas las imágenes que ya nunca llegarán a ser, las que tendrá que olvidar sin tan siquiera haber vivido: su hijo jugando en ese parque, entrando en la puerta de aquel colegio, viviendo los tres en el cuarto que iban a alquilar. Al cerrar la puerta, el vértigo le paraliza unos segundos. La escalera le parece un precipicio, pero no hay vuelta atrás, ha dejado las llaves sobre la mesa del comedor. Podría coger el ascensor, nadie le ve, pero baja por la escalera del servicio. Ya en la calle se tiene que subir las solapas de la chaqueta, está cambiando el tiempo y empieza a hacer frío por la noche. Su sombra se le adelanta para acercarse hacia el taxi que ya le está esperando. Recorren las calles vacías, también la ciudad puede ser un decorado para ella, camino del aeropuerto. El taxista lleva encendida la misma emisora que escucha ella en la casa cuando está sola “Contigo aprendí a ver la luz al otro lado de la luna…” Risc-risc- el agujero sigue haciéndose cada vez mayor, no sabe si podrá rellenarlo alguna vez, pero desde luego no aquí.

Bajo el sol del verano

Parece el cielo de un cuento infantil con un sol redondo y amarillo pegado sobre un azul limpio, al menos eso piensa Claudia desde su escondite, tras la ventana del cuarto. La escena entera se ve tan perfecta que le encoge un poco el estómago: el intenso verde del césped recién cortado, las tumbonas y las sombrillas color marfil junto a la piscina, en las que aparecen dispuestas en fila las mujeres de su familia, todas en bikini, ociosas y morenas; La imagen ideal del verano, aunque ellas no necesiten el verano para estar, ni ociosas, ni morenas. A Claudia todo aquello le produce cierta nausea pero no puede huir de la fascinación que le provoca la piscina, esa luz fluida de color turquesa que tantas tardes fue el refugio de su infancia. Así es que se deja vencer por el arrebato y, en bañador, descalza y sin toalla, sale por la puerta de la cocina y en tres zancadas se coloca en el bordillo y se lanza de cabeza. El agua le refresca, le gusta bracear por lo bajo sin respirar casi hasta el otro lado, mirando unos brazos que no parecen suyos y que acarician el agua mientras le permiten avanzar. Procura no mirar hacia dónde sabe que están las otras, piensa que la están mirando, seguramente haciéndose preguntas entre ellas ¿Dónde ha estado metida estos últimos meses? ¿A qué ha venido? ¿Qué planes tiene? A pesar de que, desde que apareció hace tres días, nadie le ha preguntado nada. Al llegar a la mitad de la piscina, tiene que asomar la cabeza para tomar aire, ya no es la que era. Sigue nadando a braza concentrada en el agua, en su respiración, como cuando era niña y podía pasar la tarde haciendo un largo tras otro, “ochenta largos, Tana, hoy he hecho ochenta largos” decía mojando el suelo de la cocina, mientras recibía el bocadillo y un plátano para evitar los calambres y aceptaba con gusto la sentencia de la mujer, “está niña será nadadora” como si ese fuera, sin remedio, su destino. Cuando enfila el segundo largo, esta vez a crol, siente como estiletes en la espalda, unas miradas que no ve. Le gusta estirar los brazos y las piernas en las patadas, cuatro y cinco brazadas sin respirar, no está tan mal a pesar del asma, de la mala vida. Está sola en la piscina y sabe que a nadie se le va a ocurrir entrar mientras ella esté allí, “por respeto”, dirán ellas sintiéndose correctas y apropiadas, como los tres días de respeto que ha estado encerrada en su habitación desde que llegó, sin que nadie haya intentado sacarla de allí, “hay que dejar que las cosas sigan su curso”, habrá dicho su madre, guardándose con cuidado de hacer cualquier gesto de disgusto. Comienza un largo más dando una fuerte patada en la pared, siguiendo a sus manos bajo el agua. Por qué se habrá empeñado la psiquiatra en qué venga aquí. “Es que va a estar toda la familia”, alegó Claudia. “Tienes que salir del centro una semana, forma parte de la terapia, y es el lugar en el que debes estar”. Creyó al principio que la doctora se habría compinchado con su madre, pero el gesto de sorpresa de ésta al verla aparecer, le dejó claro que no era así. “Qué bien que hayas venido al menos tú, dado que Jaime no podrá salir de Nueva York en todo el verano”. Preferiría no hacerlo, pero no puede evitar mascullar bajo el agua esas palabras, en apariencia inocuas, pero que Claudia encuentra cargadas de doblez. “No seas retorcida, hija. He querido decir lo que he dicho y nada más”. Siempre conseguía que Claudia pareciera loca o desleal o desagradecida, pero para ella las palabras de su madre siempre tenían varias lecturas. Al quinto largo tiene que parar, porque se siente agotada, se sujeta con ambas manos en el bordillo de piedra y deja caer un poco la cabeza jadeando. Un rayo le calienta en la nuca y, por un momento, piensa que le gustaría tumbarse al sol, pero solo es un momento, porque enseguida lo descarta. Vuelve a nadar, pero ya ha decidido terminar con su baño, aunque mejor salir por el otro lado, el más cercano a la cocina, por donde entró; al fin y al cabo no lleva chanclas, ni toalla. De pequeña le encantaba bajar a tocar el suelo de la piscina y, cuando le quedan unos tres metros para llegar a la escalera, se deja llevar por el impulso de querer saber si puede volver a hacerlo. Toma aire y baja de cabeza pateando fuerte en lo más hondo de la piscina. Como entonces, nota la presión que va aumentando en los oídos. Cuando llega, le gusta tocar las teselas color turquesa y avanzar con las manos por ellas, hasta que el dolor en la cabeza y en el pecho se le hace insoportable. Un segundo más abajo y quién sabe… primero empujan las manos y, luego rápido, los pies le dan un fuerte impulso en el fondo que le devuelve disparada a la superficie. Al salir toma el aire en una bocanada. Intuye que andan todas medio incorporadas mirándola con cierta angustia, ni las mira, sube por la escalera y cruza el espacio hasta la casa como un desertor en un campo de batalla, muy deprisa, pero sin que se le note correr. Al pasar por la puerta de la cocina, sin embargo, un brazo la retiene y arrastra hacia dentro.

-¿No te da vergüenza? Tres días aquí y no has sido capaz de venir a saludarme. El reproche viene acompañado de un azote en el culo y una toalla, con la que Tana le propina fuertes restregones que van calentando a Claudia tanto el cuerpo como el alma. Se deja hacer, vuelve a ser aquella niña, porque la cocina, el reino de Tana, sigue siendo la bodega del barco pirata, el vientre de la ballena, el corazón del Titán. El único lugar de la casona que permanece vivo pero inalterable.

Cuando termina le coloca una camisa muy grande, encajándosela por la cabeza y por los brazos, que ella mantiene dócilmente en alto

– Qué, ¿cuántos largos has hecho hoy?

– Solo cinco, no he podido hacer más.

– Pues no te has ganado el plátano, nadadora.

Claudia se pregunta cómo podrá esa mujer con todo, la casa es grande y son muchos para comer. Nunca se lo había preguntado antes, pero hoy le parece evidente que, aunque el tiempo va dejando un paso tenue en ella y su cuerpo sigue siendo grande y fuerte, es una mujer anciana.

Al terminar, Tana le pone en las manos una cebolla y un enorme cuchillo y le ordena:

-Ponte a picarla en trozos muy pequeños, como a mí me gusta- mientras, se sienta en una hamaca de tela con dos cubos entre las piernas; en uno con agua, va echando las patatas que pela a gran velocidad y, en el otro, las mondas para los conejos.

-Pero Tana, si ya no hay conejos

-Siempre hay conejos para unas mondas- y acompaña a la frase el chop de otra patata que cae en el cubo- Anda, que cuánto hará que no comes una tortilla de patata en condiciones.

Claudia coloca sobre una tabla la cebolla pelada y la parte en dos. Comienza a cortar en rodajas una de las mitades. Se nota que es tierna porque, enseguida, siente el escozor en los ojos y luego una lágrima como un garbanzo que le cae por la mejilla hasta la boca.

– Pon cuidado que el cuchillo está afilado y te cortarás los dedos

Claudia se concentra en hacer las rodajas muy finas y luego partirlas en pedacitos más pequeños aún. Van inundando sus mejillas más lágrimas saladas, igual que las de verdad, las que tiene guardadas desde hace más de un año, lo sabe porque las lágrimas de la cebolla se van mezclando con las otras y todas saben igual. Tana le deja llorar un rato antes de acercarse por detrás y abrazarla, recogiéndola entre sus brazos y su pecho mullidos.

-Tenía que haberme esperado, Tana, Álvaro no me esperó y, cuando llegué le encontré frio, tieso y empapado, escurridizo como un pez muerto. Parecía un pescado Tana, como si no fuera él.

-Ay, ay, mi niña, Álvaro estaba enfermo y tú lo estabas también, pero ahora te vas a curar ¿verdad mi niña qué te vas a curar?

– Si Tana, a eso he venido, a curarme contigo.

Pequeños milagros

Hasta seis prodigios advirtió la abuela Lucia la noche en la que nació la niña Berta. Todos antes del accidente que precipitó las cosas, antes de que le convocaran de urgencia al hospital y pidieran su consentimiento para intentar salvar al bebé, por el grave peligro de muerte que corría la madre.

Fue el único acuerdo con su consuegra, doña Marta, a partir de ahí todo se fue resolviendo en desencuentros en los que ella siempre acabó como la parte perdedora.

Al principio intentó poner sus propias condiciones, luego se conformó con conseguir algo en la negociación, para terminar aceptando que no tenía nada que hacer frente a los abogados y el poder de los abuelos paternos de la niña, hasta el nombre de la pequeña fue elegido por ellos como homenaje al padre, solo podía confiar en que la fuerza de la genética le devolviera algo de lo que le habían arrebatado. Y lo cierto es que la niña fue creciendo con las facciones y en todo parecida a su madre, lo que la abuela Lucía entendió como una suerte de justicia cósmica a la que se abrazaba en la creencia, incluso en los momentos mas complicados, de que el hilo de unión entre ambas sería irrompible y profundo.

Allí estaba ella el día en el que la niña Berta notó aquel dolor en la parte superior de sus omóplatos. También la abuela doña Marta atendió sus quejas y observó con cuidado, pero no descubrió ningún indicio que lo justificase. Doña Marta tampoco entendía por qué su nieta se empeñaba en lamentarse de unos extraños abultamientos que iban creciendo allí dónde había sentido el dolor y terminó achacando a sus difíciles trece años y a los cambios que estaba viviendo, esas quejas extravagantes a las que ella no encontraba explicación, hasta que la niña Berta dejó de quejarse y no volvió a mencionar el asunto. Con la abuela Lucía era otra cosa.

Lleva semanas lloviendo sin parar y la niña Berta llega a la casa con los pies empapados, se da cuenta de que es demasiado temprano, así es que decide subir por las escaleras, perdiendo minutos, para llegar a su hora y algo más seca. Normalmente utilizaba el ascensor para subir hasta la quinta planta y cuando no era así, siempre le sorprendía encontrarse con ese extraño contraste, pasado el primer tramo, todo mármol blanco, limpio y perfecto, aparecen los trechos de escalinata que pierden su elegancia y distinción, en viejos peldaños de madera, de gran altura, uniendo humildemente el esplendor de una planta con otra. Berta sube despacio incluso sentándose en algún momento, mirando el reloj antiguo de manecillas que fue de su madre, calculando la hora de llegada, sin poder evitar pensar en lo distinto que suele ser, lo que mostramos en público y lo que ocultamos.

Cuando por fin llega a la puerta, al meter la llave en la cerradura, nota un calambre frio y desagradable que le recorre el brazo y llega hasta el cuello. En medio del largo pasillo le espera su abuela, mas doña Marta que nunca, erguida como una estatua en un bulevar, mostrándole una hoja de papel en la mano con el brazo extendido. Berta piensa que debe de llevar horas esperando ahí y en esa misma postura. Toma la carta en sus manos, es del instituto, y lo que pone no le sorprende, de hecho sabía que algún día tendría que llegar.

Por fin la estatua empieza a hablar, pero suena como un espectro venido de otro mundo, ¿qué significa esto Alberta?, solo la abuela Marta le llama así, aquí dice que llevas semanas sin aparecer por el instituto. Sin duda es un error, abuela, intenta mentir Berta, solo provocando que la voz espectral de la abuela se amplifique. ¿Un error?, quieren que se justifique tu enfermedad, ¿qué enfermedad?. Se puede saber de dónde vienes, ¿dónde te has estado metiendo todos estos días?, aunque la verdad es que me lo estoy imaginando, ¿vienes de allí, verdad?… Berta sabe que es imposible calmar a la abuela, además reconoce que esta vez tiene razones para su enfado, así es que decide esperar a que acabe, aguantando el chaparrón y disponiéndose a aceptar el veredicto, porque Berta sabe que ya debe de haber un veredicto.

El solo hecho de ir al instituto acompañada de su regia abuela, ya es castigo suficiente, aunque haya optado por no delatarla delante del director y va dispuesta a justificar sus ausencias con una imaginaria enfermedad. Lo último sería que te expulsaran del centro, ésto ya lo arreglo yo, pero me tienes que prometer que vas a dejar de faltar a clase. Berta intentó esgrimir el débil argumento de que no podía volver al instituto, pero su abuela ni siquiera le había preguntado por qué había dejado de ir a clase, daba por hecha la mala influencia de la familia materna de la niña, gente de una raza, solía decir, que no respeta ni las normas, ni tiene lógicas y saludables aspiraciones, solo supersticiones y pensamientos primitivos, eso es de lo que te alimentan, por eso he intentado que te alejes de ellos y éso me vas a prometer, o dejas de verles o volvemos a juicio y saco a la luz que te están alejando de tus estudios, tú verás.

Las palabras de doña Marta, resuenan aún en sus oídos, para mezclarse con el miedo a volver al instituto.

Mira por donde, hoy si te has levantado vomitando, pues lo siento mucho querida, pero hoy vuelves a estudiar, enferma o no. Berta no habla, camina al lado de su abuela cabizbaja aguantando la respiración por no ponerse a llorar.

Llega la hora del recreo sin que nadie le haya dicho nada, al parecer su abuela ha sido convincente con el director, porque todos los profesores, le han tratado amablemente y le han propuesto facilitarle al máximo las cosas para recuperar las clases perdidas.

Pero llega la hora del recreo y Berta se escabulle, sin que nadie la vea, en un callejón solitario que hay detrás del gimnasio.

Piensa que si aguanta los veinte minutos, desde allí puede llegar a la escalera hacia las clases sin tener que cruzar el patio y con suerte, volver la primera al aula de nuevo. Mira el reloj varias veces, temiendo que se haya parado, porque las manecillas siguen prácticamente igual. Hasta el callejón llegan las voces de sus compañeros como si estuvieran metidas en una lata o fueran una grabación. La soledad le reconforta e inquieta del mismo modo, allí sentada, ovillada sujetándose las piernas bien pegadas al pecho, se toca los hombros y comprueba que los bultos siguen allí, y no han parado de crecer ni un solo día. No entiende como nadie se ha dado cuenta, solo la abuela Lucia y ella los han visto. La abuela le dice que no es algo malo, que solo es diferente, pero ella preferiría ser igual.

Por fin parece que va llegando el momento de que pueda regresar a clase, se asoma para comprobar que el camino está despejado, cuando nota un toque en el hombro derecho. Se vuelve despacio temiendo lo que se va a encontrar y ahí está la cara flaca y huesuda, el mentón casi desencajado, las cejas pobladas y la mirada fría y dura, aunque él es tan grande que le tapa toda la vista, Berta percibe que detrás están los otros tres. No te hacen falta compinches, piensa Berta, tú solo ya das bastante miedo.

No habíamos quedado, gitana, que no te quería volver a ver por aquí, qué te dije yo que te haría si te encontraba, se te ha olvidado o es que no crees que lo vaya a hacer.- Berta trata de salir corriendo hacia la escalera, hacia la clase, pero nota que él le ha sujetado por el cuello y que no avanza, no se puede mover. Dos de sus secuaces le agarran cada uno de un brazo, aunque ella intenta escapar, es inútil, solo puede dar patadas al aire y rozar levemente a sus agresores. Nota unos dedos como garras que le levantan del suelo por la barbilla. Quitarle la ropa, ordena el gigante, mientras el timbre suena llamando a clase, sin que eso parezca afectarles. A tirones le quitan el chubasquero, la camisa, y es entonces, cuando su pequeño cuerpo se queda desnudo de cintura para arriba, cuando nota desplegarse con un fuerte tirón desde los hombros y la parte alta de los brazos, unas alas fuertes que la desprenden del suelo, alejándole de sus agresores y de todo. Es increíble qué fuerza tienen, aún le alcanza para arrearle una patada en la cara en ese feo mentón, al sorprendido muchacho que no es capaz de entender por dónde y de qué manera, Berta se le escurre entre los dedos y les sobrevuela alejándose de todo.

Castillos en el aire

A la hora habitual, el timbre suena con el llamado liviano de domingo. Ella fija la mirada en su castillo de paredes de plástico para ayudarse a cumplir con el plan. Cuando se vino a Madrid, puso el castillo con las maletas, ¿cómo te puedes llevar ese chisme a un piso tan chico?, le había dicho su madre con toda la razón. No quiso prescindir de él, no recordaba ninguna noche en la que se hubiese dormido sin fijar la mirada en ese castillo, imaginando historias que siempre empezaban o terminaban en él. Entre tanto cambio repentino, necesitaba algo que permaneciera igual.

El timbre comienza a resultar insistente, se imagina a sí misma escondida en la torre, y permanece quieta y callada. Confía en que se marche. Antes o después se cansará, piensa. No sería tan raro que me hubiese tenido que ir al pueblo, eso pasa. A veces ocurren cosas graves y uno se marcha con urgencia y no puede avisar. Intenta convencerse, pero se muerde un poco los labios y retuerce las manos una con otra entre las sábanas.

Se conocieron en las fiestas del Dos de mayo, recién llegada a Madrid, en una verbena. Como llevaba poco tiempo trabajando, le esperaba un verano sin vacaciones, pero estaba, más que contenta, ilusionada y excitada, acostumbrándose a esa ciudad tan imponente, e intentando desprenderse de la chica de pueblo. Él la miraba con descaro, ella sin embargo, aunque podía notarlo, procuraba disimular, no se atrevía a ser más directa, así es que solo alcanzaba a intuir un atuendo de cuero negro de la cabeza a los pies que le pareció fascinante. Tómate conmigo este mini, le dijo pasándole un vaso de plástico que no le cabía en la mano, lleno de cerveza. De algún modo, compartiendo la bebida con él, se sentía formando parte de ese ambiente, por primera vez desde su llegada. Mareada, reía y bebía cerveza, como una más. Una cosa llevó a la otra, hasta que le contestó que sí cuando él le propuso verse el domingo siguiente, es que solo libro los domingos, le dijo, te voy a dar una sorpresa de las grandes, vas a ver.

Sus recuerdos se interrumpen cada vez que el timbre estalla, rompiendo el mutismo a intervalos casi rítmicos, mientras sigue quieta y encogida en la cama. También se escucha el móvil que ha encerrado en la cocina, sonando a lo lejos. A lo lejos, piensa.

Aquella semana se le había hecho eterna, se dormía con la mirada agarrada a su castillo, imaginando posibles sorpresas cada noche, para despertar de madrugada, sobresaltada por las pesadillas, arrepentida de haber aceptado la invitación de un extraño.

Cada silencio, ella aguza el oído, para ver si alcanza a escuchar los rugidos de la moto.

La dichosa moto, esa era la gran sorpresa. Cuando bajó a la calle, dónde él la esperaba con cara de orgullo, y vio qué era lo que le tenía reservado, a punto estuvo de dar la vuelta y volverse a casa, pero no se atrevió. Siguió sus indicaciones con docilidad, encaramándose a la parte trasera como pudo, obligada a pegar su cuerpo a la espalda de su acompañante y rezando en silencio para que el viaje previsto no fuera muy lejos. Poco le duró la esperanza, pronto entendió que salían de Madrid y enfilaban por la autopista a una velocidad que le aterraba, y que, sin embargo, echó de menos, cuando cambiaron la carretera poblada de coches y desdoblada en varios carriles, por una estrecha vía de montaña que ascendía en espiral. A él, en cambio, ahí es donde se le notaba realmente a sus anchas, volcándose hacia la derecha o la izquierda como si bailase con las curvas. Llegó a pensar que se caerían por el cortado hacia el abismo, o que terminaría arrastrada por la carretera. El terror le tenía tan atrapada, que solo se le ocurrió permanecer casi adherida a él con todas sus fuerzas, lo que él interpretó erróneamente como un síntoma de deseo desenfrenado y, seguramente por eso, paró por fin la moto en el corazón de un bosque al que debían de haber llegado por una pista forestal; a esas alturas ella ya no veía nada, con la cabeza agazapada por completo a la espalda del motorista. Él, exultante, debió de interpretar mal también la cara de alivio momentáneo de ella cuando se detuvieron, porque la tomó en brazos, como si no pesase nada, y la depositó en un pequeño claro entre los pinos. No tuvo tiempo de reaccionar, paralizada como estaba por el miedo, cuando se dio cuenta de que él, mientras con una mano le desabrochaba los pantalones, con la otra buscaba bajo la blusa y le pellizcaba los pechos. Solo recuerda la primera embestida, porque enseguida, con esa facilidad que tiene para hacerlo, se encerró en su castillo de juguete, donde es una princesa y nadie la puede dañar. Lo que no ha conseguido olvidar es la sensación de su espalda empapada, azotada por el viento, ya de regreso a Madrid.

El timbre de nuevo, ahora con desgana y como por rutina, parece que fuera asumiendo que nadie va a responder. Ella se obliga a aguantar sin moverse y se tapa los oídos como aquella niña que oía golpes y gritos en la habitación de al lado.

Los primeros lunes se decía que el domingo anterior sería el último. Se imaginaba a sí misma diciéndole que no le iba a ver más, luego rectificaba y se visualizaba pidiéndole que fueran al Retiro a comer un helado o al cine, en sus mejores fantasías a él no le importaba el cambio y se mostraba de acuerdo. Eso fue muy al principio, porque hace meses que él ya ni pregunta, se presenta a la misma hora cada domingo, toca el timbre y ella sale como si estuviera lista para subir a esa moto y se pega a su espalda con un terror que no ha confesado a nadie, ni siquiera a su prima cuando le reprocha en broma, la envidia que le produce su suerte por haberse echado de novio a ese motero tan guapo. Hoy, por fin, ha decidido que lo mejor es no bajar, no responder a la llamada y, encogida en su cama, procura no escuchar el timbre, ni el móvil. Cada vez que cesan los reclamos, piensa que se irá, que se cansará y terminará por marcharse. Ha tratado de esconderse en el castillo, pero el timbre le devuelve a su cuarto, a su cama, y va minando sus fuerzas porque, cada vez, el llamado es más largo e insistente, apremiante. Hasta que, por fin, empieza a alargarse un sigilo tenso, pero no se fía. Deja pasar el tiempo bloqueada, escuchando el silencio como si pudiera revelarle algo. Solo después de un buen rato, con cierto alivio, empieza a creer que es posible que se haya ido, no le queda más remedio que levantarse si quiere comprobarlo, no voy a quedarme en la cama todo el día, se dice para insuflarse valentía. Consigue levantarse y salir de la habitación como una ladrona, pegada a la pared y sin hacer ruido. Tiene que asomarse por la ventana de la cocina para poder ver si sigue la moto ahí o realmente se ha marchado. Descorre el visillo levemente y atisba la calle, procurando no ser vista, pero para poder verlo, tiene que asomarse un poco más. Primero ve la moto, aparcada frente a su portal y luego nota un movimiento brusco de alguien que se mueve alrededor enérgicamente, es él. Con rapidez, se retira de la ventana, e inmóvil aguanta la respiración deseando que no le haya visto. No sabe por qué empieza a contar uno, dos, tres,…, mentalmente cinco, seis,..de pronto, vuelve a estallar el sonido como un chillido incesante, quiere seguir contando, seis, siete, no puede, piensa que enloquecerá, hasta que, finalmente le vence. Se mueve como sonámbula, pero avanzando con la mayor rapidez que puede, tiene que cesar, que pare, que pare, hasta que finalmente responde.

-Si

-Pero tía, ¿qué coño te pasa?

-Nada, nada, lo siento, es que me he dormido

-Joder, llevo llamando casi una hora, estaba a punto de ir a la policía.

-Vale, lo siento, ahora bajo, dame diez minutos.